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| Flyppy
sabe transformar las cosas en un doble sentido:
para superar la belleza natural que despide cualquier
cosa bella con la que convivimos, y para convertir
en bello aquel ser u objeto que, por definición,
no es más que una forma horrible, odiosa, incluso
despreciable. En su singular uso de la interpretación
artística, no es disparatado afirmar que es capaz
de convertir una asquerosa cucaracha en una obra
de arte, en un precioso objeto decorativo. Es que
el empeño de Flyppy es un singular sistema de estilizar
la vida cotidiana.
Esto
es lo primero que cualquiera puede advertir cuando
realiza una parada serena ante el conjunto de obras
acabadas de este Flyppy, llamémosle también lsmael
Cerezo. Al menos es lo que sucedió a quien tiene
la osadía y el descaro de confesar que, hasta
hace nada, era un desconocedor prácticamente
absoluto -citemos la salvedad de algún superficial
catálogo de mano- de cuanto ha brotado de la imaginación
y del trabajo de este ensamblador de hierros
ruinosos y cristales transformados en provocación.
Es que, por lo general, quienes nos dedicamos, cada
uno a su manera, a seguir los avatares artísticos
que nos rodean, no siempre somos capaces de buscar
o rebuscar por otros derroteros que no sean los
más usuales. Por eso, nos enfrentamos a la vergüenza
que supone ser descubridor para uno mismo, a estas
alturas, de un personaje que acumula, sobre sus
aún jóvenes hombros, una trayectoria cuajada de
armonía artística superior, diría, a la de muchos
que presumen de expresarse y convivir en los ámbitos
de la consagración. Un error de los que presumen
y también de quienes ignoramos. |
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| Ahora
me doy cuenta del valor de una obra en la que su autor
juega en el campo de la absoluta libertad imaginativa,
y que a los demás nos deja pasmados, por aquello de que
pasmo es cuanto suspende la razón y el discurso. No es
fácil reaccionar ante la singularidad que ofrece la escultura
que se ha ido formando sobre la base de una originalidad
atractiva e inquietante.
Ha
bastado una visita y girar con cuidado por el endemoniado
taller de Flyppy, en el que se mezclan sus obras acabadas
con trozos de algo que él sabe qué será, pero en
los que somos incapaces de ver más allá de un trozo, un
destrozo, un residuo inútil. Sospecho que, ante estos
restos, Flyppy deja que su imaginación huya hasta el terreno
de la inquietud, donde ya con sosiego y meditación brotará
la imagen, el deseo, lo apetecible, esa precisa idea de
transformación a la que se aludía al principio.
Ignoro qué piensan los demás sobre los elementos escultolumínicos
de Flyppy, porque, hasta ahora, esos demás no han dejado
escritas sus opiniones. No encuentro sobre Flyppy más
que fechas, lugares, premios. Se cita su autodidactismo
y su trayectoria desde principio de los noventa. Tan sólo
me encuentro con el pintor Ramón Garza, amigo de uno y
de otro, quien se emociona cuando contempla el taller
de Flyppy, lleno de color y movimiento, y cuando describe
cómo en su interior el material inerte va cobrando vida
mediante la intervención del artista, que rescata, recicla,
resuelve el futuro de un hierro abandonado y que el azar
ha colocado junto a otro diferente.
Pero
hay que añadir mucho más. Como quiero ser sincero, me
veo obligado a afirmar que lo auténtico es la visión de
cualquier obra de Flyppy. Y escribo 'de cualquier' porque
cada una de ellas, por encima de opiniones ajenas y significados
propios, encierra un derroche personalísimo de originalidad,
de ingenio, de agilidad, de dominio de las formas. No
es un acto de pleitesía lo que uno pretende, sino expresar
que cada una de las obras de este artista del hierro despreciado
y del cristal revestido de arco iris merece su propio
comentario. |
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No basta con observar dos, seis o quince esculturas,
creer que con ellas se acaba un estilo, y que todo
lo demás que su autor consigue no es más que lógica
repetición de unas formas personales, o lo que es
lo mismo, repetición, agotamiento del estilo. No;
no se trata de variaciones sobre un mismo tema,
porque me inclino hacia la idea de que Flyppy no
se rebusca en un modelo al uso. Diría que cada una
de sus piezas es un estilo. Muestran, sí, unos trazos
inequívocos de orígenes comunes, pero con capacidad
suficiente para ser cada una de ellas una invención
artística y estilística.
No
debe ser fácil de conformar, aunque lo sea en la
comprensión, ese lenguaje que Flyppy emplea para
definir la estética de sus armazones artísticos.
Para una mente acostumbrada a la rutina de la vida,
no es explicable cómo puede conseguirse que un pez
de vidrio y hierro intente nadar en el aire, o que
la avispa canalla sea un atractivo insecto, con
bondades suficientes para ocupar un cercano lugar
de recreo. ¿Y convertirse un ave de corral en miembro
de un ballet, o balancearse con pasmosa agilidad
una pesada palmera de hierro? ¿Cómo comprender un
fantasma que nada tiene de espantajo, sino que todo
él aparece como un dechado de exquisitez? ¿Quién
se arriesga a construir una chumbera en unas
formas cuajadas de autenticidad, pero con unos chumbos
que invitan a la visión colorista e incluso al tacto?
Las preguntas tienen una respuesta evidente: si
esos seres han brotado de la mente de Flyppy, y
sus manos los han conformado, todo es posible.
La
mente de Flyppy es una perfecta y dominada antinomia.
Piensa lo más utópico para convertirlo en la realidad
más original. No se trata de un contrasentido, sino
de la esencia que derraman sus elementos escultolumínicos
o, digámoslo de otra manera, sus trozos de hierro
arrumbado y de vidrio informal, transformados en
esculturas cuajadas de elegancia y de creatividad. |
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